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Dossier

2004-03-27

AMERICA/COLOMBIA - Guerrilla y paramilitares están causando un daño irreparable a la sociedad colombiana usando los niños en el conflicto armado: son más de 11.000 según Human Rights Watch

Bogotá (Agencia Fides) - A pesar de que la legislación internacional prohíbe usar para la guerra a niños menores de 18 años (Convención de Ginebra de 1949 y la Convención sobre los derechos del niño prohíbe usar en la guerra a menores de 15 años. El Protocolo facultativo de la Convención fijó el límite de edad en 18 años), todas las fuerzas irregulares del conflicto armado que desde hace tiempo atenaza al pueblo colombiano, reclutan a niños menores de 18 años e incluso de 15. Lo denuncia Human Rihts Watch en su primera relación general titulada “Aprenderás a no llorar: Niños que combaten en Colombia”. Al menos uno de cada cuatro combatientes irregulares en la guerra civil colombiana tiene menos de 18 años. Entre estos, varios miles tienen menos de 15 años, la edad mínima para ser reclutados según la Convención de Ginebra. A pesar de que no existen todavía datos precisos sobre el número de niños combatientes, en Colombia, Human Rights Watch afirma que el total de niños soldado colombianos supera los 11.000.
La Relación, redactada después de una serie de entrevistas a 112 niños y niñas ex combatientes, demuestra como la guerrilla y los paramilitares aprovechan sobre todo la desesperación de los niños pobres en las zonas rurales en conflicto. De hecho “las fuerzas irregulares organizan campañas de reclutamiento en las que presentan la vida del guerrillero de modo atrayente y convencen a los niños con promesas de dinero y de un futuro prometedor. Algunas familias mandan a sus hijos a combatir porque no pueden mantenerlos y saben que la participación en un grupo armado les garantiza alimento, vestido y protección. Muchos niños se enrolan para huir de la violencia familiar y del abuso físico o sexual o para encontrar el afecto que no han encontrado en sus familias”.
Los niños combaten una guerra de adultos sin comprender mismamente la finalidad del conflicto. Son adiestrados desde los 11 años, al uso de los modernos fusiles ligeros y marchan durante días con poco alimentos, picados por los insectos y azotados por las tormentas. Los adultos ordenan a los niños a matar, mutilar o torturar, preparándoles a cometer abusos todavía más crueles. A los 13 años los niños son adiestrados al uso de armas automáticas, granadas, y explosivos. Parte de la formación de los niños consiste en ver como se tortura a los prisioneros. Algunos de ellos, para demostrar el propio valor, son obligados a disparar contra sus amigos.
Las unidades de combate de la guerrilla se componen en un cuarto o en la mitad de chicas, algunas de las cuales tienen incluso menos de 8 años. Las niñas a veces, se enrolan para evitar los abusos sexuales en sus familias. Si bien la violencia sexual no es normalmente tolerada, muchos comandantes masculinos, se sirven de su poder para mantener relaciones sexuales con las menores. Las niñas, cuentan solo 12 años, deben usar anticonceptivos y abortivos sin se quedan embarazadas.
La vida de los niños soldado es muy similar a la de los adultos. Sus movimientos son controlados y todas las actividades diarias son programadas en los mas mínimos detalles. La parte más dura - afirman los niños ex soldados - la constituyen las largas marchas para trasladar el campamento, en los que se debe caminar durante varios días y noches, con poco alimento o incluso con nada para comer. Durante estas marchas la disciplina es particularmente rígida, por el temor de ser descubiertos. Los niños deben hacer la guardia durante largas horas, luchando contra el sueño y sabiendo que podrán ser fusilados si los descubren dormidos. Los niños que no cumplen sus deberes militares o intentan huir, corren el riesgo de ser ajusticiados. En ciertos casos tanto las víctimas como los ejecutores de la sentencia de muerte son niños.
José Miguel Vivanco director ejecutivo de la División de las Américas de Human Rigths Watch ha denunciado que “los guerrilleros y los paramilitares, al usar niños para el combate, están causando un daño incalculable a la sociedad colombiana, porque estos niños llevaran durante decenios las cicatrices de esta terrible experiencia”.
Francisca Galache, misionera comboniana en Colombia, en su testimonio publicado en la revista “Misioneros” de las OPM de España, afirma que la guerra y la violencia marca a los niños y condicionan su vida. La misionera recuerda un particular que indica hasta que punto quedan traumatizados los niños con esta experiencia. “Pescador y Mazorca, dos niños del departamento colombiano de Chocó, con los que compartí muchos momentos, estaban siempre especialmente atentos al rumor de los helicópteros. Al más mínimo rumor, sus ojos me miraban llenos de terror y decían: “¡Vienen... hay que esconderse!” (RZ) (Agencia Fides 27/3/2004 Líneas: 58 Palabras: 785)

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