VATICANO - “AVE MARÍA” por mons. Luciano Alimandi - Dad a Dios lo que es de Dios

miércoles, 22 octubre 2008

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - “Dad a Dios lo que es de Dios” (Mc 12,17). Cuando el Señor Jesús exhorta a “dar a Dios lo que es de Dios”, no está pidiendo poco. En efecto es solamente “dando que se recibe” y esto vale ante todo en nuestra relación fundamental con Dios: para donar al hombre todo de Sí, Dios pide al hombre que ponga en Sus manos lo que él es. Cuantas veces las Sagrada Liturgia que celebramos guía nuestros corazones y nuestras mentes a implorar este “admirable intercambio”: nosotros damos a Dios nuestra pobreza, para que Él nos done Su riqueza.
A Dios pertenece no solamente una parte de nosotros, sino la totalidad de nuestro ser. En una lectura verdaderamente profunda de la existencia humana, que es posible sólo a la luz de la fe en Dios Padre, nos damos cuenta de que al Señor de la Vida pertenece toda la vida.
Mirando la vida, no se puede pensar que pertenezca al Señor solamente una parte de ella, como si cuando se es niño es lógico confiarse y donarse al Señor, mientras que llegado a grande uno se siente “capaz” de vivir en una especie de “autonomía” de Dios.
En efecto, no pocas veces así se piensa y se vive, ¿pero la vida, ese soplo de vida que corre dentro de cada uno de nosotros, desde el primer hasta el último instante de la existencia terrena, no nos lo dona el Dador de la Vida, no es acaso Él quien nos mantiene en la existencia continuamente? “Escondes tu rostro y se anonadan, les retiras su soplo, y expiran y a su polvo retornan. Envías tu soplo y son creados, y renuevas la faz de la tierra” (Sal 103, 29-30).
La vida, toda la vida humana y sobrenatural, es un gran misterio, porque fluye directamente de Dios, que es la Fuente de la vida: “en ti está la fuente de la vida, y en tu luz vemos la luz” (Sal 35,10).
Dios, sin embargo, nos ha donado la vida junto con la libertad, por lo que el hombre, cada hombre, es totalmente libro de dar o no dar, a Dios, aquello que Le pertenece. Venciendo el propio egoísmo, entrando en sí mismo, el hombre puede reconocer que, sin Dios, es nada, que la vida tiene un sentido sólo si es vivida junto a Él.
Un verdadero creyente no podrá sino repetir con San Pablo: “¿qué tengo que no lo haya recibido? Y si lo he recibido, ¿a qué gloriarme cual si no lo hubiera recibido?” (1Cor 4, 7). Estas palabras valen ante todo para la misma existencia humana. Hemos recibido de Dios la capacidad de pensar y de querer, de desear y de amar, de imaginar y de proyectar… estos extraordinarios talentos no son nuestro “producto”, ni son “hijos de la casualidad”, sino que nos los ha dado Él. La invitación de Jesús es clara: “da a Dios lo que es Suyo”. No te apropies de aquello que no te pertenece, sino ofrécelo a Aquél que te lo ha dado.
En la parábola de los diez talentos (Mt 25,14-30), Jesús exhorta a sus discípulos a mantenerse vigilantes en esta vida, haciendo fructificar todos los talentos que han recibido de su “Dueño”. Estos talentos deben regresar a las manos de Quien los ha donado, para que la vida alcance la meta divina. “Reconoced que el Señor es Dios, él nos ha hecho y suyos somos, su pueblo y el rebaño de su pasto” (Sal 99,3). La vigilancia, junto con la oración, es de absoluta importancia para mantenerse en la verdad, para reconocer todo aquello que Dios nos dona, que Su Divina Providencia nos confía aquí abajo.
Santa Teresa de Jesús, en su magistral obra “El Castillo Interior”, dice claramente que la “puerta del castillo”, es decir de la propia alma, “es la oración”: “pues pensar que hemos de entrar en el cielo y no entrar en nosotros, conociéndonos y considerando nuestra miseria y lo que debemos a Dios y pidiéndole muchas veces misericordia, es desatino” (Castillo Interior, Moradas Segundas, n. 11).
Por esto es necesario, como nos dice Jesús, “rezar siempre sin desfallecer” (Lc 18,1), con la consciencia viva de que Dios es nuestro Padre, “cuando oréis, decid: Padre…” (Lc 11,2), es decir reconociendo la verdad fundamental de nuestra existencia humana: Dios es mi Padre, porque me dona Todo en Su Hijo Jesús, que ha venido y viene por obra del Espíritu Santo, por medio di María.
Abramos, es más, abramos de par en par las puertas de nuestro corazón, de toda nuestra existencia a Cristo, como ha exhortado indómito el Siervo de Dios Juan Pablo II, que pronunció por primera vez estas palabras, hace treinta años, en plaza San Pedro, el 22 de octubre de 1978: “¡No tengáis miedo! ¡Abrid, y aun de par en par, las puertas a Cristo! A su salvadora potestad abrid los confines de los Estados, los sistemas económicos al igual que los políticos, los amplios campos de cultura, de civilización, de desarrollo. ¡no tengáis miedo! Cristo sabe lo que hay dentro del hombre. ¡Sólo Él lo sabe!” (Agencia Fides 22/10/2008; líneas 54 palabras 855)


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