VATICANO - Benedicto XVI da inicio en la Basílica de San Pablo al Sínodo de los Obispos: “si el anuncio del Evangelio constituye la razón de ser y la misión de la Iglesia, es indispensable que la Iglesia conozca y viva aquello que anuncia para que su predicación sea creíble, no obstante las debilidades y la pobreza de los hombres que la forman”

lunes, 6 octubre 2008

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) – Domingo 5 de octubre, en la Basílica de San Pablo Extramuros, el Papa Benedicto XVI presidió la Concelebración Eucarística con los padres sinodales, en ocasión de la apertura de la XII Asamblea General Ordinaria del Sínodo de los Obispos, que se realizará en el Vaticano hasta el 26 de octubre, bajo el tema: “La Palabra de Dios en la vida y en la misión de la Iglesia”. En la homilía el Santo Padre hizo una reflexión a partir de las lecturas del día, XXVII domingo del tiempo ordinario, en el que se presenta la imagen de la viña, que “describe el proyecto divino de la salvación y se sitúa como una conmovedora alegoría de la alianza de Dios con su pueblo”. En el Evangelio el acento está en los trabajadores de la viña: los siervos enviados por el padrón a pedir el alquiler son maltratados y asesinados por los trabajadores, y la misma suerte corre también el hijo del padrón. “Vemos claramente –explicó el Santo Padre- como el desprecio por el orden impartido por el padrón se transforma en desprecio hacia él: no se trata de la simple desobediencia a un precepto divino, es el verdadero y propio rechazo de Dios: aparece el misterio de la Cruz.”
“Cuanto denuncia la página evangélica –prosiguió el Santo Padre- interpela nuestro modo de pensar y de actuar. No habla solamente de la ‘hora’ de Cristo, del misterio de la Cruz en aquel momento, sino de la presencia de la Cruz en todos los tiempos. Interpela en modo especial a los pueblos que han recibido el anuncio del Evangelio. Si miramos la historia, estamos obligados a confirmar la frialdad y la rebelión de cristianos incoherentes. En consecuencia, Dios, si bien nunca ha faltado a su promesa de salvación, ha tenido que recurrir al castigo. Es espontáneo pensar, en tal contexto, en el primer anuncio del Evangelio, del que surgen comunidades cristianas inicialmente florecientes, pero que luego desaparecieron y hoy son recordadas solo en los libros de historia. ¿Podría suceder lo mismo en nuestros tiempos? Naciones en un tiempo ricas de fe y de vocación van perdiendo la propia identidad bajo la influencia destructora de una cierta cultura moderna. Existe quien, habiendo decidido que ‘Dios ha muerto’, se declara ‘dios’ a sí mismo, considerándose el único artífice del propio destino, el propietario absoluto del mundo. Librándose de Dios y no esperando de Él la salvación, el hombre cree que puede hacer lo que le gusta y que se puede poner como única medida de sí mismo y de su actuar. Pero cuando el hombre elimina a Dios de su horizonte, declara que Dios ‘ha muerto’, ¿es verdaderamente más feliz? ¿Es verdaderamente más libre? Cuando los hombres se proclaman propietarios absolutos de sí mismos y únicos padrones de la creación, ¿pueden verdaderamente construir una sociedad donde reinen la libertad, la justicia y la paz? ¿Más bien no sucede –como confirma la crónica cotidiana- que se extiende el arbitrio del poder, los intereses egoístas, la injusticia y la explotación, la violencia en toda su expresión? El punto de llegada es el hombre que se encuentra cada vez más solo y la sociedad cada vez más dividida y confundida. Pero en las palabras de Jesús hay una promesa: la viña no será destruida. Mientras abandona a su destino a los trabajadores infieles, el padrón no se desentiende de su viña y la confía a otros siervos fieles. Esto indica que, si en algunas regiones la fe se debilitad al punto de extinguirse, siempre existirán otros pueblos listos para acogerla”.
El Papa destacó que “el consolador mensaje que encontramos en estos textos bíblicos es la certeza de que el mal y la muerte no tienen la última palabras, sino que al final vence Cristo. ¡Siempre! La Iglesia no se cansa de proclamar esta Buena Nueva”, y recordó en modo particular, en el Año Paulino, al Apóstol de gentes, “quien fue el primero en difundir el Evangelio en vastas regiones del Asia menor y de Europa”. Tras haber saludado con afecto a los Padres sinodales y a cuantos participarán en el sínodo, Benedicto XVI recordó que “cuando Dios habla, solicita siempre una respuesta; su acción de salvación exige la humana cooperación”, a lo que agregó: “Solo la Palabra de Dios puede cambiar en profundidad el corazón del hombre, y es entonces importante que con ella creyentes y comunidades ingresen en una cada vez mayor intimidad… Nutrirse de la Palabra de Dios es para ella su primera y fundamental tarea. En efecto, si el anuncio del Evangelio constituye la razón de ser y su misión, es indispensable que la Iglesia conozca y viva aquello que anuncia, para que su predicación sea creíble, no obstante las debilidades y la pobreza de los hombres que la forman”.
En la parte final de la homilía, el Santo Padre evidenció la actualidad del grito del Apóstol de gentes, “Ay de mí si no predicase el Evangelio”, y de la invitación de Cristo: “La mies es mucha” (Mt 9,37), con estas palabras: “mucho no lo han encontrado aún y esperan aquel primer anuncio del Evangelio; otros, si bien han recibido una formación cristiana, se han debilitado en el entusiasmo y mantienen con la Palabra de Dios un contacto solamente superficial; otros se han alejado de la práctica de la fe y necesitan de una nueva evangelización. No faltan además personas de recto sentir que se hacen preguntas esenciales sobre el sentido de la vida y de la muerte, preguntas a las que solo Cristo puede dar respuestas satisfactorias. Es entonces indispensable para los cristianos de cada continente estar listos a responder a quien sea que les pregunte la razón de su esperanza, anunciando con alegría la Palabra de Dios y viviendo sin restricciones el Evangelio… Notemos cuan necesario es poner al centro de nuestra vida a la Palabra de Dios, acoger a Cristo como nuestro único Redentor, como Reino de Dios en persona, para hacer que su luz ilumine todo ámbito de la humanidad: desde la familia al colegio, la cultura, el trabajo, el tiempo libre y los otros sectores de la sociedad y de nuestra vida”. (S.L.) (Agencia Fides 6/10/2008; 69 líneas, 1088 palabras)


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