VATICANO - LAS PALABRAS DE LA DOCTRINA por don Nicola Bux y don Salvatore Vitiello - La presencia del Señor Jesús precede y permanece más allá de la asamblea litúrgica

jueves, 10 julio 2008

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) – Al inicio de la reforma litúrgica postconciliar se hizo camino la idea de que el tabernáculo es un obstáculo para la Misa “de cara al pueblo”, a pesar de que las instrucciones lo retuviesen lícito (cf “Inter Oecumenici” n. 95 y “Eucharisticum Mysterium” n. 54). Se decía: Jesucristo se hace presente con la consagración en la Misa, dejarlo en el tabernáculo significa realizar un conflicto de signos.
Esta idea, en verdad, ha encontrado su lugar en la misma instrucción (cf EM 55) y en apariencia, parece coherente. Pero ha sucedido, poco a poco, que los “diversos” o “modos principales de la presencia” de Jesucristo (cf “Lumen gentium” n. 48; Catecismo de la Iglesia Católica n. 1373; EM n. 9 y n. 55) han sido considerados, más o menos, equivalentes: en pocas palabras se ha hecho camino, en este camino, antes que en otro lugar, el relativismo. Hasta hoy muchos fieles no están en capacidad de distinguir las diversas formas de la “presencia de Cristo” en los santos signos.
Cuando el Concilio estaba por comenzar su último sesión, Pablo VI, el 3 de septiembre de 1965, emanaba la encíclica “Mysterium Fidei”. Para hacer frente al redimensionamiento y a la negación de la presencia real del Señor en el Santísimo Sacramento, reafirmaba que Sacrificio y Sacramento son un único misterio inseparable y que este es la carne de Jesucristo crucificado y resucitado; que es el más grande de los milagros: que gracias a la transubstanciación es una nueva realidad ontológica; que el Santísimo Sacramento debe ser conservado en los templos y oratorios como el centro espiritual de toda comunidad, de toda la Iglesia y de la humanidad.
Pero no fue suficiente. Mientras el Papa, con la encíclica, defendía la Eucaristía, la reducción simbolista entraba en la Iglesia y se verificaba el primer y más vistoso efecto: el desplazamiento del tabernáculo del centro del altar. El motivo aparente era, justamente, el “conflicto de signos” entre Presencia permanente y Sacrificio de la Misa. Tal conflicto aparente, con sus consecuencias relativistas, ha llegado hasta nosotros. ¿Qué hacer?
Es necesario explicar que Cristo está “siempre presente en su Iglesia” (SC n. 7; CCC n. 1088), especialmente en las especies eucarísticas, en las cuales lo está por antonomasia, es decir en modo corporal y sustancial, como Dios y como hombre, todo entero e ininterrumpidamente. La fórmula clásica siempre válida es: cuerpo, sangre, alma y divinidad de Nuestro Señor Jesucristo. Él es el Santísimo Sacramento (cf MF en EM n. 10).
Se debe luego explicar que, en los sacramentos, Él está presente con su “virtud” o poder. En tercer lugar, se debe aclarar que en el sacerdote que celebra, en la Iglesia reunida en oración, en la Palabra proclamada, Él está presente en espíritu. Por lo tanto, no hay múltiples presencias sino una única presencia permanente que es, por definición, la presencia eucarística (SC n. 7; CCC nn. 1373-1374).
Entre tanto se ha hecho camino otra teoría: la equiparación de la presencia de Jesucristo en el Santísimo Sacramento a la presencia de su Palabra. Y sin embargo el Concilio Vaticano II dice que la presencia de Cristo en la Palabra está “cuando en la iglesia se lee la Sagrada Escritura” (SC n. 7), es decir, a dos condiciones: cuando la lectura se hace “en la iglesia”, - la realidad compuesta de jerarquía y fieles, - no en modo privado, y cuando “se lee” la Sagrada Escritura: no basta, por lo tanto, que esté el libro sagrado sobre el ambón o sobre el altar. (O, incluso, en cualquier otro lugar, como adelante, o incluso encima, del tabernáculo o a los pies de las estatuas).
La presencia en la Palabra está vinculada al uso, es una presencia “moral” vinculada a un acto del espíritu, con la condición espiritual del individuo y limitada en el tiempo. Mientras la presencia en el sacramento eucarístico es sustancial y permanente. Por lo tanto es particularmente importante reafirmar la relación imprescindible, y al mismo tiempo asimétrica, que existe entre Palabra y Eucaristía (cf “Dei Verbum” n. 21, con la indispensable nota explicativa).
En conclusión, no se puede seguir afirmando que la presencia real en la Eucaristía está “vinculada al uso” y “termina con él”, que es una cuestión de grado y no de sustancia, sin incurrir en un grave error doctrinal. Recientemente, después de haber contrapuesto la eclesiología del Vaticano II a la de Trento, se ha escrito una vez más de presencias y gradualidades diversas, lamentando que la presencia sacramental siga siendo comprendida en modo ontológico: quizás se ha olvidado que Pablo VI ya definió que, después de la transubstanciación, el pan y el vino “adquieren un nuevo significado y un nuevo fin puesto que contienen una nueva realidad que con razón denominamos ontológica” (“Mysterium Fidei” n. 47).
Por lo tanto, la presencia de Jesucristo “precede” a la asamblea litúrgica, como la columna de fuego precedía al pueblo de Dios en camino, “permanece” más allá de la asamblea y “no es producida” por la asamblea. (Agencia Fides 10/7/2008; líneas 57, palabras 837)


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