VATICANO - “AVE MARIA” por Mons. Luciano Alimandi - Mirando en nuestros ojos, Jesús nos llama

miércoles, 11 junio 2008

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides)- La Palabra de Dios, que escuchamos en la Misa dominical, debería acompañarnos e iluminar toda la semana, para que la Verdad revelada, contenida especialmente en el Evangelio, continúe su recorrido de luz en nuestros corazones. El Domingo pasado hemos escuchado el Evangelio de la vocación de s. Mateo. Apenas escuchó la palabra “sígueme”, pronunciada por el Señor como testimonia el Evangelio, “se levantó y lo siguió” (Mt 9,9). Sorprende en su respuesta la decisión generosa del publicano, el ponerse sin dudas a seguir a Jesús. Ahora sabemos todos que sin una causa no existe efecto alguno y que este es proporcionado por la causa misma. Si la decisión de Mateo fue tan grande, ¿qué grande debe haber sido la gracia de la llamada de Cristo? ¿Qué intensa fue la fascinación suscitada por la Palabra “sígueme”?
Cuando pensamos en Jesús, leemos su Evangelio y el encuentro, el momento, la situación, que narra la Sagrada Escritura, no debemos jamás olvidar la gracia y la “fascinación” excepcional que irradiaba la persona de Cristo. Todo en Él estaba “lleno” de gracia: Su mirada, Su trato, Su silencio… y Su Palabra era algo extraordinario, al punto que, llenos de asombro, quienes lo escuchaban exclamaban: “¿Qué es esto? ¡Enseña de una manera nueva, llena de autoridad; da órdenes a los espíritus impuros, y estos le obedecen!” (Mc 1, 27). ¡Quien se acerca a Jesús, sin prejuicios, no podía sino aprehender la fuerza de la Verdad que Él proclamaba y que Él era! Por ello Simón Pedro se dirige a Jesús diciendo: “Tú tienes palabras de vida eterna” (Jn 6, 68).
Santa Tomás de Aquino, en su exposición sobre Juan, afirma que: “el hombre desea principalmente dos cosas: en primer lugar el conocimiento de la verdad que es propio de su naturaleza. En segundo lugar la permanencia en el ser, propiedad común a ambas cosas. En Cristo se encuentra ambas. Él es el camino para llegar al conocimiento de la verdad, es la misma verdad: Guíame Señor en la verdad y caminaré en tu camino (cfr. Sal 85, 11)” (de la segunda lectura del Oficio de Lectura de la IX semana del tiempo Ordinario - sábado).
Aquel día, Mateo había percibido claramente que Quien lo estaba llamando poseía la Verdad, que Su palabra era diversa de las otras, porque daba la fuerza para el seguimiento. El resultado de tal encuentro es bien conocido: desde aquel día su vida no fue más la misma: prefirió Jesús en vez de los impuestos, antepuso al Mesías en vez de los intereses, y así, todo cambió.
La fuerza de esta Palabra “sígueme” fue experimentada, a lo largo de los siglos, por numerosas personas que, en vez de “salvar” la propia vida, permanecer apegados a los “impuestos”, escogieron “levantarse” y seguir a Jesús, para imitar su estilo de vida. Cuantos jóvenes que han sido ordenados sacerdotes han percibido en el corazón la dulce fuerza de la invitación a “seguir” a Jesús, librándose de todo apego terreno se lanzaron, como Mateo, en la aventura de pertenecer solo a Dios.
El Señor, hoy como siempre, necesita de estos hombres, que libremente se desapegan de los bienes del mundo, de una profesión humana, y sobre todo de vínculos afectivos, para ponerse totalmente disponibles a Él. Él era libre y quiere personas libres para seguirlo como Mateo. La vocación al celibato “por el reino de los Cielos” (cfr. Mt 19, 12), parte siempre de una llamada de Jesús y cada llamada es un don de Su amor.
Si no hubiese este llamado a “seguirlo” por este camino, sería absurdo para un joven el dejar a la propia familia, con hijos por educar, en la fe y en el amor de Dios. Pero si esta palabra es percibida en lo profundo del corazón, entonces sería un absurdo no seguirla, porque se renunciaría al más grande tesoro que existe en la tierra: el sacerdocio ministerial. Este puede ser considerado tal porque el sacerdote representa a Jesús y, sin este ministerio, no habría modo de acceder al milagro más grande: la Santísima Eucaristía.
San Juan Bosco decía que “el más grande don que Dios puede hacer a una familia es un hijo sacerdote” y San Agustín afirmaba que “el sacerdote es el vértice de todas las grandezas”. En este mes dedicado al Sagrado Corazón de Jesús, son tantos quienes en la Iglesia rezan en modo particular por la santificación de los sacerdotes y lo hacen porque quieren sostenerlos en el camino por ser cada vez más semejantes a Jesús. Con este espíritu es hermoso leer las densas expresiones de humildad y amor de San Francisco di Asís, que encontramos en su Testamento, sobre los sacerdotes: “el Señor me dio y me da tanta fe en los sacerdotes que viven según la forma de la santa Iglesia Romana, por el orden de los mismos, que, si me persiguieran, quiero recurrir a ellos. Y si tuviera tanta sabiduría cuanta Salomón tuvo, y hallara a los pobrecillos sacerdotes de este siglo en las parroquias en que moran, no quiero predicar más allá de su voluntad. Y a éstos y a todos los otros quiero temer, amar y honrar como a mis señores. Y no quiero en ellos considerar pecado, porque discierno en ellos al Hijo de Dios, y son señores míos. Y lo hago por esto, porque nada veo corporalmente en este siglo del mismo altísimo Hijo de Dios, sino su santísimo cuerpo y su santísima sangre, que ellos reciben y ellos solos administran a los otros....” (Testamento di San Francesco, año 1226). (Agencia Fides 11/6/2008)


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