VATICANO - LAS PALABRAS DE LA DOCTRINA por don Nicola Bux y don Salvatore Vitiello - Colonialismo e inculturación.

jueves, 5 junio 2008

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - Colonialismo e inculturación parecen dos opuestos pero, en realidad, no es así. Frecuentemente se traducen en opresión y mistificación, ambos hijos de sentimientos opresivos o buenistas, ambos extraños a cualquier cosa cristianamente, católicamente verdadera. Somos concienctes de que esto escandalizará, pero veámoslo más de cerca.
El colonialismo partía del presupuesto, más o menos conciente, que cualquier otras civilización debía uniformarse al homo y a la civilización europea. El aspecto inconciente de dicho presupuesto, era que esa imagen de hombre fuese sustancialmente determinada por la idea de “hombre creado a imagen y semejanza de Dios”. El aspecto negativo, consistía en el olvido de que dicho dato estuviese presente, aunque no temáticamente, en toda otra civilización y en la convicción de que se debía hacer brotar, mediante el anuncio del Evangelio, e incluso con su imposición.
La inculturación parte del presupuesto positivo que el Evangelio deba encontrar al hombre y a su civilización, en cualquier parte del mundo, valorando lo que tiene de buena y purificándola de cuanto no lo sea o sea erróneo. Esto corresponde a la antropología evangélica que postula la conversión de todos al Señor, como acto libre y decisivo, del que nace el hombre nuevo. Ver en San Pablo. La deriva negativa de cierta inculturación está en el postular una idea de “hombre universal”, propia del Renacimiento y del Iluminismo: un hombre naturalmente bueno, a quien “el hombre en Cristo” tendría poco o nada que añadir.
Desde el punto de vista eclesial y litúrgico, al colonialismo le es imputada la latinización; pero los “inculturalistas” terminan por realizar una operación igual y contraria a la vituperada latinización, con la imposición de un Evangelio y de una liturgia que se yuxtaponen a ritos indígenas, sin purificarlos y hacerlos partícipes de la Iglesia una y católica. El Catecismo de la Iglesia Católica, sobre esto (n. 854), afirma: “El esfuerzo misionero exige entonces la paciencia. Comienza con el anuncio del Evangelio a los pueblos y a los grupos que aún no creen en Cristo, continúa con el establecimiento de comunidades cristianas, ‘signo de la presencia de Dios en el mundo’, y en la fundación de Iglesias locales; se implica en un proceso de inculturación para así encarnar el Evangelio en las culturas de los pueblos, en este proceso no faltarán también los fracasos. ‘En cuanto se refiere a los hombres, grupos y pueblos, solamente de forma gradual los toca y los penetra y de este modo los incorpora a la plenitud católica’ (Ad gentes, 6)”.
La “Nota doctrinal sobre algunos aspectos de la Evangelización”, del 3 de diciembre de 2007, en el n. 6, recuerda: “en el proceso de inculturación, ‘la misma Iglesia universal se enriquece con expresiones y valores en los diferentes sectores de la vida cristiana, […] conoce y expresa aún mejor el misterio de Cristo, a la vez que es alentada a una continua renovación’ (R.M., 52). La Iglesia, en efecto, que desde el día de Pentecostés ha manifestado la universalidad de su misión, asume en Cristo las riquezas innumerables de los hombres de todos los tiempos y lugares de la historia humana (S.A., 18). Además de su valor antropológico implícito, todo encuentro con una persona o con una cultura concreta puede desvelar potencialidades del Evangelio poco explicitadas precedentemente”.
Y sigue en el n. 7: “Si bien los no cristianos puedan salvarse mediante la gracia que Dios da a través de ‘caminos que Él sabe’ (A.G., 7), la Iglesia no puede dejar de tener en cuenta que les falta un bien grandísimo en este mundo: conocer el verdadero rostro de Dios y la amistad con Jesucristo, el Dios-con-nosotros. En efecto, ‘nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con Él’. Para todo hombre es un bien la revelación de las verdades fundamentales sobre Dios, sobre sí mismo y sobre el mundo; mientras que vivir en la oscuridad, sin la verdad acerca de las últimas cosas, es un mal, que frecuentemente está en el origen de sufrimientos y esclavitudes a veces dramáticas”.
Los cristianos, efectivamente, debe dar el primado del Evangelio y luego a su inculturación. De otro modo, aquellos que acusan, hoy, al cristianismo de los primeros siglos de helenización, y que son casi siempre “inculturalistas”, terminan por contradecirse, insistiendo hoy sobre la africanización del Evangelio, o sobre su americanización, etc. (Agencia Fides 5/6/2008; líneas 52 palabras 743)


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