VATICANO - “AVE MARIA” por mons. Luciano Alimandi - El “mar del Amor”

miércoles, 28 mayo 2008

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - El Señor usa con frecuencia parábolas para indicar, con similitudes eficaces, los misterios de su Reino, abriendo las mentes y los corazones de sus discípulos y haciéndolos participes de la maravillosa obra a la que los ha llamado: ¡la santidad! Nosotros, sus hijos, podemos imitar al Maestro también utilizando imágenes y ejemplos, tomados de la vida cotidiana, para actualizar el Evangelio. Una de estas imágenes, con frecuencia utilizada por los santos, por los predicadores de la Palabra, por los autores espirituales, etc., es sin duda la del “mar”.
La figura del mar ayuda, por ejemplo, a comprender la inmensidad del Amor de Dios por la humanidad: es basto, profundo e inmenso... en una palabra sin límites como un océano. Ese amor de Cristo, del único e indivisible Cristo, es el mismo “ayer, hoy y siempre” y no hace diferencias de personas, se dona a todos, como en la blanca Hostia. Aquí, la Presencia de Cristo es total, en cada una de las partículas, no importa si consagrada en una Misa celebrada en una gran Basílica o en una minúscula capilla, Jesús es siempre el mismo: ¡Hombre y Dios! Es como el mar: moja a todos los que se sumergen en él. Cuando uno se sumerge en el mar es porque ha dejado la tierra.
Que hermoso es pensar que, cuando recibimos el Cuerpo y la Sangre de Cristo, es como si nos sumergiéramos en un océano sin límites, donde Jesús nos recibe a nosotros, que los hemos recibido a Él. Ser sumergidos en Cristo, como peces en el agua. Este debería ser el estado habitual de cada cristiano. Jesús ha dicho: “El que come mi carne y bebe mi sangre, permanece en mí, y yo en él” (Jn 6, 56), “Permaneced en mí, como yo en vosotros” (Jn 15, 4). La comunión eucarística con Jesús es absolutamente necesaria a la existencia cristiana.
Pero, en este “mar de Cristo”, no podemos entrar con la “escafandra”, ese extraño instrumento que les permite a los buzos sumergirse y caminar en las profundidades del mar por largo tiempo. Nuestro egoísmo es como una “escafandra” que nos aísla del mar de la misericordia de Dios aún si estamos sumergidos: ¡no basta recibir el Cuerpo de Cristo para ser transformados en Él! Es necesario renunciar a nosotros mismos cada día. El pecado, que nace del orgullo y del egoísmo, nos “aísla” del “mar de Cristo” porque no nos deja entrar en comunión con la humildad y la bondad de Dios, haciéndonos impermeables a su gracia. ¡Que triste y sola es una vida egocéntrica! Cuando, por el contrario, nos negamos a nosotros mismos, es decir salimos del egoísmo y nos entregamos a Dios y al próximo, entonces nuestros corazones se abren, salen de la “escafandra” y son “tocados” por la gracia del Amor de Dios, que no conoce límites.
El Evangelio, página tras página, nos invita a este progresivo sumergirse en el “mar de Cristo”. “Duc in altum” (Lc 5, 4), “Boga mar adentro” nos repiten Jesús y la Iglesia. ¡Mientras más nos perdamos en Dios más encontraremos la verdadera vida!
Mientras más nos familiaricemos con el Evangelio y crezca nuestra confianza en Jesús, más experimentaremos un cambio en nuestra vida, ésta no será la misma de antes pues el “mar de Cristo” no llevará lejos y nuestras exigencias perderán, poco a poco, los duros contornos y los falsos contenidos típicos del orgullo y del egoísmo.
Cada vez más llegaremos a ser uno con la misericordia del Señor y “su mar”, “su amor”, llegará a ser “nuestro mar”.
Seguramente se necesita una dosis alta de valentía para poder negarse a sí mismo y “sumergirse” en este mar de Dios. Tenemos miedo de bogar mar adentro y de dejar atrás los “viejos” hábitos relacionados a lo corruptible, pero si nos dejamos “aferrar” por Cristo entonces encontraremos siempre en Él nuestro hogar y no nos será posible vivir un día sin Él. Es la experiencia de ese “mar” que le hizo exclamar a San Pablo: “¿Quién nos separará del amor de Cristo? ¿La tribulación?, ¿la angustia?, ¿la persecución?, ¿el hambre?, ¿la desnudez?, ¿los peligros?, ¿la espada?, (...) ni las potestades, ni la altura ni la profundidad ni otra criatura alguna podrá separarnos del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús Señor nuestro” (Rom 8, 35ss)
Sobre este “mar de Cristo” brilla para siempre una Estrella, la Virgen María, que indica a los navegantes el puerto de arribo. El mismo nombre de “María”, en realidad, tiene también el significado de “mar”: como el mar, la bondad de la Virgen es interminable. Así, en el “mar de Cristo” encontramos a Su Madre que nos enseña, como ninguna otra persona, a navegar, a sumergirnos en las profundidades para descubrir riquezas sin fin, al alcance de cada uno. Basta abrir la puerta de nuestra voluntad a Jesús: “Mira que estoy a la puerta y llamo. Si alguno escucha mi voz y me abre la puerta, entraré, cenaré con él y él conmigo” (Ap 3, 20). (Agencia Fides 28/5/2008; Líneas 54, Palabras 841)


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