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Intención Misionera

2008-05-28

“Para que el Congreso Eucarístico Internacional de Québec, en Canadá, ayude a comprender, todavía más, que la Eucaristía es el corazón de la Iglesia y la fuente de la Evangelización” Comentario a la intención misionera indicada por el Santo Padre para el mes de junio

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - La Eucaristía es la fuente y cima de toda vida cristiana (Cfr. LG, 11). Esta verdad ha sido presentada con nuevo fulgor en el reciente Magisterio de nuestros Pontífices, invitando a toda la Iglesia a dirigir su mirada hacia el misterio pascual de Cristo, renovado en la Eucaristía.
La Eucaristía es un flujo continuo de la vida trinitaria en el mundo. En el designo amoroso de Dios para salvar a los hombres, Él dispuso entregar a su Hijo por nosotros para que tengamos vida y la tengamos en abundancia (cfr. Jn. 10, 10). A través del misterio pascual de Cristo se ha realizado esta revelación del amor de Dios por los hombres. Jesús, el enviado del Padre, envió a sus Apóstoles para manifestar al mundo lo que ellos habían visto y oído.
La celebración cotidiana de la Eucaristía actualiza la muerte y resurrección de Jesucristo, haciendo presente en nuestro hoy toda la potencia salvadora del Hijo, muerto y resucitado. Por eso, la Eucaristía es el corazón de la Iglesia. La Iglesia vive de la Eucaristía, en ella encuentra la fuente de su dinamismo, y sobre todo, la comunión de vida con el Dios Trinitario. Desde la Eucaristía fluye para todos los miembros del Cuerpo Místico la vida divina. Ella hace posible nuestro encuentro personal con Cristo, nos permite comer su carne y beber su sangre para tener vida en nosotros.
En la homilía con la que Benedicto XVI inauguró su Pontificado, decía: “Nada hay más hermoso que haber sido alcanzados, sorprendidos, por el Evangelio, por Cristo. Nada más bello que conocerle y comunicar a los otros la amistad con Él” (AAS (2005), 711). Cuando se produce un auténtico encuentro personal con Cristo, no se puede guardar para sí mismo el entusiasmo de este momento. Basta pensar en los discípulos de Emaús, quienes al reconocer al Señor en la fracción del pan, se dieron cuenta de que su corazón ardía y regresaron aprisa a Jerusalén para compartir con los hermanos la alegría de haber estado con el Señor.
En la Exhortación Apostólica Sacramentum caritatis, el Papa dice, hablando sobre la Eucaristía y la misión: “En efecto, no podemos guardar para nosotros el amor que celebramos en el Sacramento. Éste exige por su naturaleza que sea comunicado a todos. Lo que el mundo necesita es el amor de Dios, encontrar a Cristo y creer en Él. Por eso la Eucaristía no es sólo fuente y culmen de la vida de la Iglesia; lo es también de su misión: «Una Iglesia auténticamente eucarística es una Iglesia misionera »” (SC, 84).
La Eucaristía impulsa a la misión y, a su vez, la misión debe encontrar su fuente en la Eucaristía. Llevar la vida divina y testimoniar el amor de Dios por cada hombre, es el centro de la misión. Darles a conocer el amor de Cristo y su nuevo ser de hijos por el bautismo, es una exigencia indispensable.
En Cristo Eucaristía, Dios se ha hecho cercano a nosotros. Se ha hecho nuestro compañero de camino. Cada misionero debe aprender, en la escuela silenciosa de la adoración eucarística, a dar la vida como Jesús por aquellos que Él mismo le ha confiado.
En la Exhortación Sacramentum caritatis, en número anteriormente citado, continúa diciendo Benedicto XVI: “En la última Cena Jesús confía a sus discípulos el Sacramento que actualiza el sacrificio que Él ha hecho de sí mismo en obediencia al Padre para la salvación de todos nosotros. No podemos acercarnos a la Mesa eucarística sin dejarnos llevar por ese movimiento de la misión que, partiendo del corazón mismo de Dios, tiende a llegar a todos los hombres. Así pues, el impulso misionero es parte constitutiva de la forma eucarística de la vida cristiana” (SC, 84).
No puede haber misión sin Eucaristía, no puede haber misioneros sin vida eucarística. Sólo en la contemplación y en la vivencia intensa del Misterio eucarístico, se puede llegar a ser presencia viva de Cristo ante los hermanos. (Agencia Fides 28/5/2008)

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