VATICANO - AVE MARIA por Mons. Luciano Alimandi - La Divina Misericordia

miércoles, 2 abril 2008

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - A la luz de Jesús misericordioso, somos invitados a atesorar el don de gracia de la Santa Pascua apenas transcurrida. En modo particular la fe en el Señor Resucitado se ha renovado en aquellos fieles que han tomado seriamente el itinerario penitencial de la Cuaresma y, desde la mañana de la Resurrección, se han lanzado, con un nuevo entusiasmo, en el mar de la Divina Misericordia.
La fe se renueva cuando se purifica de todo aquello que le impide convertirse en una “fe-abandono”, una fe, en otras palabras, que se entrega totalmente al Otro, a Jesús, en cuanto Dios encarnado que es también el “totalmente Otro” de nosotros. Esta fe es la que el Señor Resucitado pide a los discípulos: la “fe-asombro” en el Amor infinito del Padre. Este acto de fe debe estar completamente invadido por la confianza en el Señor; es un acto de fe nuevo porque, después de la Pascua, no hay ninguna “razón” para dudar de que Dios Padre, en el Hijo Jesús, con la potenza del Espíritu Santo, ha vencido al mundo, al pecado y al diablo. Es por esto que a Tomás, el incrédulo por excelencia, pero no ciertamente el único, se le pide una “fe-abandono”, que lo hace ponerse totalmente en manos de Jesús: “Acerca aquí tu dedo y mira mis manos; trae tu mano y métela en mi costado, y no seas incrédulo sino creyente” (Jn 20, 27).
También nosotros, como Tomás, hemos sido algunas veces incrédulos, nos hemos alejado de la “fe-confianza” en Jesús. Él, en cambio, no se ha alejado nunca, ha seguido confiando en nosotros. Cuantas veces nos ha mostrado que es el Resucitado, en cuantos pequeños o grandes acontecimientos de la vida de la Iglesia o de nuestra existencia, nos ha hecho ver que “la diestra del Señor es grande y ha hecho maravillas” (Sal 117, 16).
Cuántas veces estábamos como muertos y hemos regresado a la vida, estábamos perdidos y hemos sido encontrados de nuevo (cf. Lc 15, 32). Como los Apóstoles, hemos experimentado la fuerza del perdón de Cristo, de Su bondad y mansedumbre, de Su fidelidad a pesar de todas nuestras infidelidades y, como Tomás, hemos exclamado con todo el corazón: “Señor mío y Dios mío” (Jn 20, 28). Cuánto es verdadera, entonces, la palabra del profeta Isaías que ha atravesado los siglos, llegando hasta nosotros, para “atravesar” nuestros corazones endurecidos: “Él fue traspasado por nuestras rebeldías y triturado por nuestras iniquidades. El castigo que nos da la paz recayó sobre él y por sus heridas fuimos sanados” (Is 53, 5).
El Señor quiere que nuestro acto de fe esté cada vez más seguro de Él, que se convierta en certeza en Su infinita misericordia, desapegándose de todo aquello que es sólo terreno y pasajero, para lanzarse hacia aquello que es divino y eterno. A veces, nuestro acto de fe en Jesús se parece a una nave que se aleja de la orilla sólo por un breve trecho, pero sin remar mar adentro, porque permanece anclada al fondo. Cuántos recorridos de fe se frenan por una “fe calculada”, medida según las fuerzas y los razonamientos humanos. En cambio, para remar mar adentro, en el mar de la Divina Misericordia, es necesaria la fe del niño que pide el Evangelio (cf. Mt 18, 3), que es la fe pura, semejante a un grano de mostaza (Mt 17, 20), que mueve las montañas de nuestra incredulidad.
El Santo Padre Benedicto XVI nos está llamando a esta fe pura en el Señor resucitado y lo está haciendo siguiendo las huellas de Su venerado Predecesor Juan Pablo II, quien invitó a la Iglesia del Tercer milenio al “Duc in altum - Rema mar adentro” (Lc 5,4), es decir a la confianza incondicionada en Jesús para navegar los mares de la Divina Providencia.
El Domingo pasado, el Santo Padre recordó especialmente a este gran Pontífice que instituyó la fiesta de la Divina Misericordia, según el mensaje de Santa Faustina Kowalska: “Durante el Jubileo del 2000, el amado Siervo de Dios Juan Pablo II estableció que en toda la Iglesia el Domingo después de Pascua, además de Domingo in Albis, fuese denominado también Domingo de la Divina Misericordia. Esto se realizó en concomitancia con la canonización de Faustina Kowalska, humilde monja polaca, nacida en 1905 y muerta en 1938, celosa mensajera de Jesús Misericordioso. La misericordia es en realidad el núcleo central del mensaje evangélico, es el nombre mismo de Dios, el rostro con el que Él se ha revelado en la antigua Alianza y plenamente en Jesucristo, encarnación del Amor creador y redentor (…) Como Sor Faustina, Juan Pablo II se convirtió a su vez en apóstol de la Divina Misericordia.
En la noche del inolvidable sábado 2 de abril de 20005, cuando cerró los ojos a este mundo, se celebraba precisamente la vigilia del segundo domingo de Pascua, y muchos observaron la singular coincidencia, que unía en sí la dimensión mariana -primer sábado del mes- y la de la Divina Misericordia. De hecho, su largo y multiforme pontificado encuentra aquí su núcleo central; toda su misión al servicio de la verdad sobre Dios y sobre el hombre y de la paz en el mundo se resume en este anuncio, como él mismo dijo en Cracovia-Lagiewniki en 2002, al inaugurar el gran Santuario de la Divina Misericordia: ‘Fuera de la misericordia de Dios no hay otra fuete de esperanza para los seres humanos’. (Benedicto XVI, 30 de marzo 2008)
Junto a estos grandes testimonios de la fe renovada por la Pascua, también nosotros repetimos, a lo largo de nuestro peregrinar terreno sin desanimarnos: ¡“Jesús en Ti confío”! (Agencia Fides 2/4/2008; líneas 62, palabras 951)


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