VATICANO - LAS PALABRAS DE LA DOCTRINA por don Nicola Bux y don Salvatore Vitiello - El progreso no es Dios

jueves, 13 marzo 2008

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - Una de las evidencias de nuestro tiempo es la continua sed de progreso de los hombres. Dicha sed está amplia y continuamente alimentada por los medios de comunicación, los cuales, con extraordinaria constancia, indican en el progreso, tanto científico como económico y social, el “bien supremo”, que resuelve todos los males.
Nosotros sabemos que esta es una mentira de la modernidad. Como enseña el Santo Padre Benedicto XVI, en la Encíclica “Spe Salvi” en el n. 17, en la modernidad “la esperanza recibe también una nueva forma. Ahora se llama: fe en el progreso […] Gracias a la sinergia entre ciencia y praxis se seguirán descubrimientos totalmente nuevos, surgirá un mundo totalmente nuevo, el reino del hombre”. Dicho reino tiende, progresivamente, a sustituir el Reino de Dios.
En esta “sed de progreso” está presente una sustancial ambigüedad: se encuentra en ella algo de muy positivo y, al mismo tiempo, se esconde un peligro radical.
En positivo, en el continuo anhelo de progreso, está presente un bien objetivo: el hombre es un ser dinámico, no estático; es incapaz de ver la propia existencia más allá de la historia, entendida como desarrollo continuo tanto de sí mismo y de la sociedad, como de las ciencias positivas y de la tecnología. En el fondo, podría decirse, que la idea de “progreso”, llevada a la exasperación, no otra cosa sino la necesidad humana del infinito, el deseo de derrotar al límite, el mal y, finalmente, la muerte. En este sentido, el progreso, y sobre todo la ideología del progreso que lo acompaña, son reveladores de una dimensión humana esencial: dicen, aunque indirectamente, que el hombre es un ser abierto hacia el infinito, hacia el Misterio, y desea continuamente superar los límites que el cosmos y su mismo ser le imponen.
En negativo, el progreso tiende a sustituirse indebidamente a Dios, asumiendo aquella posición central, en la vida y en las sociedades, que compete sólo a Dios. Del progreso se espera, en realidad, la salvación, aquella que solo un Dios infinito y una Esperanza infinita nos pueden ofrecer.
Si bien esta posición, en los últimos decenios, está objetivamente menos enraizada a nivel filosófico y social, porque las crisis internacionales, el terrorismo y la dificultad de alcanzar y mantener la paz, la hacen objetivamente menos sostenible, ella está sin embargo todavía muy presente a nivel económico. La economía es el lugar del triunfo del progreso y las sociedades corren el riesgo de sacrificar al progreso económico cualquier otro valor humano.
El progreso económico es un bien relativo, no absoluto y, en ese sentido, es un medio y no un fin. Asimismo, como toda “invención humana”, también la economía es limitada y debe ponerse límites, incluso en el progreso o, como se suele decir, en el desarrollo o crecimiento económico. No es pensable un sistema productivo que apunte siempre y exclusivamente al “crecimiento económico” como fin último que se debe alcanzar a cualquier precio y con cualquier medio. La economía es ciertamente un instrumento esencial, capaz muchas veces de mejorar las condiciones de vida y las potencialidades de los individuos y de la sociedad, pero su progreso no puede confundirse con la salvación, el progreso no es Dios.
Se aprenda entonces a leer en el corazón del hombre cuales son las tensiones que realmente dirijan la acción, cuáles son las necesidades auténticas que la animan y, por lo tanto, se comience es una sociedad en la que, incluso revisando profundamente los estilos de vida adoptados, a través de una profunda obra educativa, el progreso vuelva a ser un bien medio, pero nunca un fin al cual “sacrificar”, con un acto casi laicamente religioso, todo lo demás. (Agencia Fides 14/3/2008; líneas 40, palabras 622)


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