VATICANO - LAS PALABRAS DE LA DOCTRINA a cargo de don Nicola Bux y don Salvatore Vitiello - ¡La vida no es negociable!

jueves, 24 enero 2008

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - Tras la sentencia de Cagliari y Florencia, los jueces italianos desaprueban de nuevo la conocida ley 40, sobre la fecundación asistida. El Tribunal Administrativo Regional (TAR) de Lazio envió a examen las normas y anuló las líneas guías en donde prohibían la diagnosis pre-implanto. Se abre de este modo la puerta a la eugenesia: a la selección de seres humanos en base a sus cualidades genéticas, a su salud (juzgada unilateralmente y solo bajo la presunta óptica “médica”).
Son impresionantes tanto la intervención del poder judicial como el coro de aprobación llegado de muchas, tal vez demasiadas, partes a tal disposición.
La vida es un valor “no negociable”. Sea cual fuere la tradición religiosa, cultural o política a la que se pertenece, no es concebible no ver la evidente contradicción entre una sociedad que aprueba y promueve, justamente, la “moratoria para la pena de muerte”, permaneciendo, al mismo tiempo, casi insensible al mayor delito de la historia de la humanidad: el aborto. Este es el asesinato de un inocente totalmente incapaz de auto-defenderse (y el feto, en el vientre materno, lucha hasta el final y hasta el extremo por no ser exterminado, reducido a trizas, y esto lo saben bien aquellos que practican el aborto).
No están en juego posiciones confesionales, determinadas por subjetivas convicciones religiosas (o reveladas), está en juego la supervivencia misma de la humanidad, existe el radical derecho a la vida, para quien ha sido concebido, que incluye, inevitablemente, el derecho a nacer, a ser defendido y cuidado, no exterminado por quien debería protegerlo y amarlo.
La diagnosis pre-implante consentiría “seleccionar la especie”, escogiendo arbitrariamente el conceder o no conceder el “derecho a la vida”, en base a criterios llamados “médicos”, pero que, detrás de la falsa máscara de la medicina y de la piedad, esconden una fuerte dosis de egoísmo e incapacidad de situarse frente a la realidad, el delirante deseo de “determinar al otro”, en vez de acogerlo y amarlo.
Es el antiguo y enraizado deseo humano de superar definitivamente el mal. Una pena que, recorriendo este camino, el mal producido es mayor, y por mucho, que aquel que se trataría de evitar. Sin olvidar que el hombre, por sí solo, es totalmente incapaz de una tal superación: solo una “Esperanza infinita y definitiva” puede superar el mal del hombre y en el hombre.
La vida no es negociable, como no son negociables, ni se puede pasar en silencio, las continuas oscilaciones culturales y políticas sobre tomas tan delicados. No es pensable pretender que los hombres de buena voluntad, y entre ellos especialmente los católicos, no vean, y reconozcan, a quien tiene comportamientos gravemente ambiguos con respecto a la tutela de la vida; quien, un día sí y un día no, parece querer dialogar y expresa atención ante temas tan delicados y fundamentales y, en la noche, tapiza las ciudades de manifiestos en defensa del aborto y de la Ley 194.
¡No! La vida no es negociable. Nadie puede jugar con ella y nadie puede hacerse a sí mismo arbitro de la vida de los demás. Los “ballet” cultural-políticos no son dignos de quien los realiza: sólo un diálogo auténtico, un debate abierto y una franca discusión sobre qué es verdaderamente el hombre y sobre qué dirección se pretende dar al futuro de la sociedad y de la humana convivencia, pueden garantizar que no se recorrerán “calles sin salida” que conducirían inevitablemente a la autodestrucción. En efecto, una vez legitimada la selección de los embriones pre-implanto, ¿quién puede garantizar cuáles son los criterios que se deben aplicar para dicha selección? ¿No haremos nacer más a los enfermos, sumando injusticia a injusticia? ¿No haremos nacer niños down o con otro problema?
El aborto es un mal intrínseco y, con él, son males todos los tentativos de manipulación de la vida humana y de selección genética de las personas.
Con la caída de las ideologías del siglo XX, parecía que ciertas monstruosidades hubiesen pasado, para siempre. En cambio a las dictaduras ideológicas se sustituye una nueva impresionante “dictadura”: la del relativismo tecno-científico. El Siervo de Dios, el Santo Padre Juan Pablo II, de venerada memoria, tuvo un papel extraordinario en indicar a la Iglesia y a la humanidad el superacento necesario de aquellas ideologías. Hoy, el Santo Padre Benedicto XVI indica a todos, con igual amor y paternidad auténtica, la urgencia de vigilar y de superar, con decisión, la “dictadura” relativista (y contradictoria) del tecno-cientificismo, porque la vida no es negociable. (Agencia Fides 24/1/2008; líneas 56, palabras 762)


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