VATICANO - LAS PALABRAS DE LA DOCTRINA de don Nicola Bux y don Salvatore Vitiello - Primer deber: anunciar el Evangelio

jueves, 13 diciembre 2007

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - El filósofo Rémi Brague, en un ensayo reciente, escribe que es necesario superar algunos eslóganes, identificándolos con: los tres monoteísmos, las tres religiones de Abraham, las tres religiones del libro, porque "estas expresiones son equivocadas y peligrosas. Son equivocadas porque en cada una de ellas se alberga un error muy grave respeto a la naturaleza de las tres religiones que se querría de este modo poner todas bajo un mismo techo. Son peligrosas porque llevan a una pereza intelectual que no deja examinar la realidad del vecino” (“Per smetterla con "i tre monoteismi", Communio 213 [2007], 57-72). Naturalmente todo esto se realiza con muy nobles intenciones como es la de encontrar un terreno de acuerdo para hacer menos difícil la convivencia.
El problema es que - entre los católicos - se ha difundido la opinión de que el diálogo es lo prioritario, casi un "mandato a la Iglesia” por parte de su Fundador. Se objetará enseguida que "el Concilio ha dicho" y luego "Juan Pablo II ha hecho" y todavía que está el "espíritu de Asís" - desde hace poco se habla también de otro espíritu aquel "de Rávena", pero parece que sólo respecto a los cristianos separados. En definitiva, una especie de competición para conseguir "juntar las religiones", para poner de acuerdo las confesiones cristianas, quizá pasando por alto el hecho que, si ocurrieron diferencias y divisiones y estas persisten hasta hoy, no todo se debe a motivos marginales.
Y luego, ¿qué papel ocupa, en tales concepciones, la palabra-clave que Jesús repetía: ¿Convertíos y creed en el Evangelio? Si ciertamente esta afecta en primer lugar a quien es cristiano y es un camino que lleva toda la vida, también concierne, y sobre todo, a quien todavía no es cristiano. ¿No estaremos quizá entre los que se han acostumbrado a pensar que basta con trabajar por la justicia, la libertad, la paz, la solidaridad, en definitiva por los celebérrimos valores? ¿Dónde acabarían, entonces, el amor de Cristo en la cruz por la salvación eterna de los hombres y la esperanza de estar para siempre con Él en la vida eterna?
Si Jesucristo hubiera dicho a los apóstoles: Quedaos en vuestras comunidades de procedencia, dialogad con los representantes de las religiones, guardaos del comunicar mi Evangelio y mucho menos del bautizar, antes bien, buscad inculturaros - una palabra demasiado difícil para aquellos tiempos - nosotros católicos, no existiríamos hoy.
Sin embargo, incluso en un análisis superficial, se puede observar como la percepción eclesial de no pocos laicos e incluso de clérigos, se limitan a la comunidad local, la labor apostólica de otros se reduce a organizar encuentros interreligiosos, a emplear no pocos recursos financieros para sustentar "los tres monoteísmos", quizá incluso con más ardor de cuanto se realiza por difundir el Evangelio y hacer conocer a Jesús, quizá apoyando con convicción la escuela católica.
De todo eso hace justo eco la proliferación de símbolos mundialistas - como la célebre bandera del arco iris - que han reemplazado los crucifijos e imágenes religiosas o las marchas por la paz y las procesiones con antorchas (anti o pro algo) que son consideradas como más eficaces, para la consecución de los resultados, de lo que no puedan serlo un lectio divino o una hora de adoración o incluso una bella procesión de pueblo, con la Virgen y los Santos.
¿Quien sabe si se enseña a los pequeños en la catequesis que ser cristianos significa conocer y anunciar a Jesús? ¿Qué los Apóstoles, movidos por el Espíritu Santo, gastaron su vida para invitar a todos a la conversión y a recibir el bautismo para poder recibir la salvación?
Los cristianos deben saber sobre todo que el Evangelio contiene una eficacia, una fuerza potente que viene de Dios “para la salvación de quien cree” (Rm 1,16), porque el Evangelio es el propio Jesucristo: recibirlo es un derecho de todo hombre y donarlo es un deber de todo cristiano, aunque suponga el martirio. La Iglesia fue fundada por Cristo solo para hacer conocer al único verdadero Dios y Padre. Y podemos estar absolutamente ciertos del hecho que evangelizar no lesiona ninguna libertad.
Tras las huellas de San Pablo, queremos ser embajadores de Cristo y recorrer el mundo invitando a la reconciliación - no a un cualquiera - sino a la reconciliación con Dios (cf 2Cor 5,20), porque es de ella de donde mana la estable reconciliación entre los hombres. Entonces el diálogo intercristiano, interreligioso, interhumano con los no creyentes, partirán de o llegará a dar razón de la propia "esperanza" (1Pt 3,15), que luego "equivalente a fe" (Encíclica Spe salvi, n 2). Por ello, somos cristianos y somos Iglesia. Ésta es la evangelización y la misión de la Iglesia y no puede nunca faltar, porque mana, únicamente y siempre renovada, de la presencia indefectible del Señor. (Agencia Fides 13/12/2007; Líneas: 57 Palabras: 824)


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