VATICANO - AVE MARIA por don Luciano Alimandi - ¡Creados para el Cielo!

miércoles, 17 octubre 2007

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - ¡“Vengo del Cielo”! Con estas palabras la Virgen María, apareciendo a los pastorcillos de Fátima, reveló el lugar de su proveniencia a Lucía que se lo preguntaba. El mensaje de Fátima, del que este año se recuerda el nonagésimo aniversario, nos recuerda que hemos sido creados para el Cielo y que es hacia el Cielo que deberíamos orientar nuestra experiencia acá abajo. Justamente porque estamos destinados al Paraíso, al lugar de la infinita felicidad, llevamos dentro de nosotros, como el más grande anhelo, el de ser felices, de vivir el gozo íntimo y la verdadera paz. Las cosas de la tierra no pueden nunca llenar y apagar nuestra realidad espiritual, que llamamos alma y que solo puede ser nutrida por cosas espirituales, por bienes celestes y no cosas terrenas. La sed de felicidad, que el hombre lleva dentro de sí, viene de esta realidad del espíritu que está en él y que, siendo inmensa, hace inmenso el deseo de apagamiento y de gozo que invade el corazón humano.
Querer saciar la sed con una sola gota, que apenas encontrada ya se evapora, es pura ilusión. El hombre sediento, si fuese solamente detrás de gotas, moriría pronto de sed. Cuantas veces, desgraciadamente, nos engañamos buscando saciar la sed del Cielo, del Infinito, de lo Eterno, con gotas, minúsculos fragmentos de alegrías y placeres terrenos, que no logran nunca apagar el alma humana. Ellas se evaporan en el momento mismo en que son consumidas. Entonces, en vez de detenernos a reflexionar y entrar en nuestra intimidad para buscar la Razón de la nostalgia de amor que sentimos insaciable, continuamos la demente carrera de los sentidos detrás de las miles de gotitas, que siempre anuncian una felicidad y que siempre se evapora como la gota. Así el hombre, en vez de beber en la Fuente de agua viva, de dejarse amar por Dios, corre detrás de las gotas, engañándose y encerrándose en un círculo vicioso, como un perro que se muerde continuamente la cola.
Nosotros cristianos no podemos pretender encontrar el Cielo, la verdadera alegría, la paz profunda, la libertad del espíritu… en las cosa de acá abajo. No podemos pensar a la vida eterna como a algo que iniciará solamente después de nuestra muerte. Quien entiende así la vida eterna, es lógico que tratará de vivir en función de las cosas de acá abajo, dejando al más allá las cosas de arriba.
Esta es una grave distorsión de nuestra fe en el Señor Jesús, que nos ha prometido claramente que la vida eterna, el Reino de Dios, inicia ya aquí desde el momento de nuestro primer encuentro con Él: “el reino de Dios no llega llamando la atención, y nadie dirá: Aquí está, o: allá está. ¡Porque el reino de Dios está en medio a vosotros!” (Lc 17, 21).
Nuestra vida, desde ahora, es participación al Reino de Jesús, comunicación a la vida eterna, si nos dejamos invadir cada vez más por las cosas de arriba, despojándonos progresivamente de las cosas de acá abajo, que son transitorias, pasan rápidamente y se pierden con el tiempo.
Todo lo que es terrenal, recibido de los hombres o del mundo, no es eterno. Solo el buen Dios, que es Eterno, sabe darnos dones eternos, pero para recibirlos es necesario tener una verdadera fe en Él, como la tuvieron los santos, que pudieron proclamar con la vida: “la roca de mi corazón es Dios, es Dios mi suerte para siempre” (Sal 73, 26). Para seguir al Señor se dejaron a sí mismos, dejaron sus pequeños y grandes egoísmos, superando la fascinación de las cosas terrenas por la incomparable fascinación de las cosas del Cielo, bastante superiores a las de la tierra. Los santos pusieron su suerte en las manos de Dios y nunca se arrepintieron, habiendo creído que es el Señor que guía todos los eventos, hermosos o feos de la vida, hasta hacerse Él mismo: ¡su suerte para siempre! Buscaron primero el reino de Dios y su justicia y todo el resto les ha sido dado por añadidura, según la promesa del Señor (cfr. Mt 6, 33), que tomaron a la letra y que, literalmente, se realizó.
Así es la fe de los santos: se toma en serio cada palabra de Jesús y gusta de su realización. Ocupándose solamente de amar a Dios y en Dios a toda criatura, el corazón de los santos ha saboreado cada vez más las cosas del Cielo y ha perdido el gusto por las cosas de la tierra, justamente como prometió Jesús: “quien bebe del agua que yo le daré, no tendrá nunca más sed, es más, el agua que yo le daré se convertirá en una fuente que salta para la vida eterna” (Jn 4, 14). A cada uno de nosotros se nos presenta cotidianamente la opción: volar hacia el cielo o arrastrarnos por la tierra. Por esto la Virgen aparece, viene del Cielo para mostrarnos donde está nuestra verdadera Patria y para conducirnos allá, ya que “Ella es el refugio y el camino que conduce a Dios” (Benedicto XVI, saludo en portugués en el Ángelus del 14 de octubre de 2007). (Agencia Fides 17/10/2007; líneas 50, palabras 866)


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