VATICANO - LAS PALABRAS DE LA DOCTRINA, por Don Nicola Bux y Don Salvatore Vitiello - Explicar el Catecismo es la prioridad urgente para los Obispos y Sacerdotes

jueves, 13 septiembre 2007

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - En las escuelas se reinicia desde la gramática, sintaxis y las tablas de aritmética: se ha descubierto que a los jóvenes les faltan las cosas elementales. También la Iglesia hace un tiempo transmitía a los pequeños y adultos, junto con el Catecismo, algunas verdades fundamentales, para luego poder dar paso al testimonio en palabras y en obras: hoy en día en muchas partes se puede constatar que desde hace ya algunos decenios estas verdades fundamentales o no se han seguido transmitiendo, o se han transmitido de manera muy pobre.
Un ejemplo: muchos sostienen que las almas de personas conocidas por su maldad son equivalentes a espíritus malvados o a demonios; esto para no hablar de las estadísticas que dan porcentajes impresionantes acerca de la ignorancia de muchos católicos respecto de la Santísima Trinidad y de la divinidad de Cristo, verdades basilares, hace un tiempo conocidas como “misterios principales de la fe”. Por ello, desde 1985 un Sínodo de Obispos afirmaba la urgencia de compilar un nuevo Catecismo. Juan Pablo II lo hizo y salió a la luz finalmente el nuevo Compendio. En muchos planos ‘pastorales’, sin embargo, ello no se ha logrado. Esperamos que la invitación del nuevo Papa a los jóvenes, reunidos en Loreto para “cambiar el mundo en el nombre de Jesús” ayude a los sacerdotes y a los laicos a comprender que es necesario partir de la consciencia espiritual e intelectual de dicho nombre, ya que contiene una fuerza de transformación y un poder de salvación mucho más grande que cualquier estrategia en el orden pastoral. Dicha consciencia se infunde con el Catecismo. Pero las energías no se deben desperdiciar en un excesivo legalismo -San Pablo enseña que la Ley no salva al hombre- aún considerando la importancia del anuncio de los mandamientos.
Pero el decálogo no basta; muy por encima está la Deus caritas que Jesús trajo al mundo. En efecto, Benedicto XVI en Austria recordó que “el centro de la misión de Jesucristo y de todos los cristianos es el anuncio del Reino de Dios. Este anuncio en el nombre de Cristo significa para la Iglesia, para los sacerdotes, religiosos y religiosas, así como para todos los bautizados, el compromiso de hacerse presentes en el mundo como sus testigos”. Verdaderamente el nombre de Jesús es capaz de cambiar al mundo, si tan sólo pensamos a lo que ha sucedido en dos mil años de evangelización: su nombre no sólo se ha hecho conocido entre las personas del oriente y del occidente, sino que además ha frenado el mal que nosotros cristianos hemos podido causar incluso en su nombre. Su nombre es más potente no solamente que el mal en sentido absoluto, sino más potente también que nuestro mal personal. Por el Bautismo, además, hemos sido regenerados en su nombre. Demos pues al César, al Estado, lo que es del Estado; la iglesia es de Dios y debe enseñar a dar a Dios lo que es suyo. Retomemos el anuncio de Jesucristo -nombre que quiere decir ‘Dios salva mediante Aquel que ha sido enviado’- y de este modo el hombre se encontrará con Dios, enviado a salvarlo de todo mal y pecado. Dicen, en efecto, los Padres, que tras los que anuncian el Evangelio está Él mismo, Jesús el Señor.
No adoptemos el slogan ‘tolerancia cero’, tan contrario al ‘multa tolerare’ de patrística memoria. Si Dios no sólo tolera el mal y a los malvados, sino que además los ama, ¿quiénes somos nosotros para erigirnos por encima de Él? Es el amor quien vence al mal, es la gracia la que triunfa sobre la ley. Los menesterosos de hoy así como los esclavos del pasado necesitan ser liberados interiormente y no lo saben: “… comenzamos a explicarles el cristianismo, inherente al Bautismo, así como sus milagrosos efectos par el cuerpo y para el alma. Cuando, en base a las respuestas que daban a nuestras preguntas, nos pareció que habían entendido suficientemente, pasamos a una enseñanza más profunda, acerca de la unicidad de Dios que da premio o castigo a cada uno según sus méritos, y todo lo demás. Les pedimos hacer un acto de contrición y manifestar su arrepentimiento por los pecados cometidos. Finalmente, cuando nos pareció que estaban suficientemente preparados, les explicamos el misterio de la Trinidad, de la Encarnación y de la Pasión y, mostrándoles a Cristo crucificado, tal como está representado sobre la fuente bautismal, en que de las heridas de Cristo brota la sangre, los exhortamos, recitando en su lengua el acto de contrición”. Es lo que hacía San Pedro Claver, apóstol de los esclavos en 1627. Es lo que deben hacer los sacerdotes y los catequistas del tercer milenio. ¿Es difícil? La ignorancia religiosa, decía la beata Madre Teresa de Calcuta es más grave que la falta de pan.
El Concilio Vaticano II no quería otra cosa que volver a hablar de Dios al mundo: el Padre que ama, el Hijo que salva, el Espíritu que regenera. Para ello es necesario hablar de Jesús al hombre, ya que Jesús ha dado a conocer a Dios revelándose a sí mismo y su mensaje. Hablar de Jesús, de sus palabras, de sus milagros, de su vida. Es lo que hizo en el diálogo con el joven rico y con la samaritana, o con el extractor Zaqueo y con la adúltera -las predicaciones sobre los valores, sobre la legalidad o sobre la paz no convierten a nadie-, los miró con amor, con la mirada de Dios. Es así como Dios mira, cura y salva. El diálogo, pues, no es primeramente una acción del intelecto, sino del corazón. Es éste el tipo de diálogo con el mundo contemporáneo, con la sociedad, con la cultura, con las ciencias, que el Concilio quería impulsar. Del diálogo sobre la salvación, como afirmaron Pablo VI y Juan Pablo II, nace la civilización de la verdad y del amor, cuya encarnación es la Iglesia, la civilización cristiana. El Concilio no pretendía abrir nuevos caminos, sino reencaminar al hombre que tiende siempre a perderse, débil en su naturaleza, sujeto a enfermedades y a la muerte, en el camino de Dios que es Jesús, verdad y vida. He aquí la clave para cambiar el mundo en el nombre de Jesús (Agencia Fides 13/8/2007; líneas 67, palabras 1070)


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