VATICANO - AVE MARÍA, por el p. Luciano Alimandi - En el nacimiento de María todos renacemos

miércoles, 5 septiembre 2007

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - El mes de septiembre está marcado por una particular presencia, en el calendario litúrgico, de la Beata Virgen María, comenzando por la celebración de su nacimiento que cae el 8 de septiembre. Es hermoso constatar que al recomenzar las actividades del trabajo, que tuvieron un periodo de pausa durante las vacaciones de verano, la mirada del creyente encuentra en su horizonte la figura luminosa de la Virgen, como invitándolo a un nuevo inicio, a un renovado impulso también en el ámbito del trabajo.
Se puede decir, en efecto, que con el nacimiento de maría todo renace, ya que es de Ella que Jesús ha asumido la naturaleza humana para salvar a cada uno de nosotros y hacerlo renacer a una vida nueva. El nacimiento de la Madre es, en cierto sentido, ya el nacimiento del Hijo, y anticipa su venida con su condición inmaculada, su humildad y su total donacióna Dios, que la escogió desde toda la eternidad con un indecible amor de predilección.
La Iglesia ve en María la Aurora que precede el surgir del Sol, es decir al Hijo Jesús. “¿Quién es aquella que surge como una aurora, bella como la luna, fúlgida como el sol?” (Cant 6,10). A esta estrofa del Cantar de los cantares, el cristiano sabe qué responder: ¡es María quien surge como una aurora y refleja la luz de Cristo!
Celebrar la fiesta del nacimiento de María Santísima quiere decir meditar sobre el misterio de su pequeñez que, como Ella misma afirma en el Magníficat, atrajo la mirada de Dios que la escogió desde la eternidad como Madre; ¡y es por ello que todas las generaciones la llaman beata! La beatitud de María se funda toda en la elección de Dios, a la que María respondió con una profundísima e inigualable humildad. La humildad del Creador se encontró con la de María, que no ha buscado otra cosa que la gloria de Dios.
El Santo Padre Benedicto XVI, en su reciente homilía en el Ágora de los jóvenes en Loreto, habló de este “encuentro de humildad”, afirmando que la “Santa Casa de Nasareth” es “el santuario de la humildad: la humildad de Dios que se hizo hombre, se hizo pequeño, y la humildad de María que lo llevó en su seno; la humildad del Creador y la humildad de su criatura. De este encuentro de humildad nació Jesús, Hijo de Dios e Hijo del hombre (…) El humilde es percibido como un derrotado, uno que no tiene nada que decir al mundo. Sin embargo, esta es la vía maestra, y no sólo porque la humildad es una grade virtud humana, sino porque, en primer lugar, represente el modo de actuar de Dios mismo. Es el camino escogido por Cristo, Mediador de la Nueva Alianza, el cual, ‘aparecido en forma humana, se humilló a sí mismo haciéndose obediente hasta la muerte, y una muerte de cruz’ (Fil 2,8)”. (Homilía de Benedicto XVI, Loreto 2 de septiembre de 2007).
Para caminar sobre esta “vía maestra” necesitamos ser llevados de la mano y guiados por Aquella que ya la recorrió en su seguimiento del Hijo, por medio de la “puerta estrecha”, desde el inicio hasta la consumación, sin jamás desviarse de su trayectoria, ni siquiera un instante. María ha podido recorrerla hasta el fondo con Jesús, porque permaneció siendo siempre la sierva. “He aquí la sierva del Señor”, estas palabras pronunciadas en la Anunciación fueron la expresión de todo su estar dirigida hacia Dios, olvidándose completamente, hasta lo indecible, de sí misma: ¡un abismo de humildad para contener un abismo de Gracia! María quiso siempre ocupar el último puesto, el puesto de los “pobres de Yahvé”, y es por ello que Dios la exaltó por sobre toda criatura.
Su Corazón Inmaculado continúa difundiendo en la Iglesia, dispersa por toda la tierra, la savia de una extraordinaria humildad, a fin de que cada hijo de Dios, que es también hijo suyo, se sepa siempre sólo criatura, una pequeñez en el universo del Amor infinito de Dios. Una pequeña nada llamada, sin embargo, a grandes cosas: ¡a ser totalmente de Dios en Cristo! ¡Vale la pena, verdaderamente, perderse a sí mismo -como continuamente nos recuerda el Santo Padre- para recibir el Todo de Dios! ¡Como María, junto con María, per Mariam! (Agencia Fides 5/9/2007, líneas 49, palabras 732)


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