VATICANO - AVE MARIA de don Luciano Alimandi - "Junto al Corazón del Hijo está el Corazón de la Madre"

miércoles, 13 junio 2007

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - La Iglesia, en este mes de junio, al darnos la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús nos quiere hacer comprender la unión con la devoción a la Virgen que tradicionalmente se vive en el mes mariano por excelencia: el mes de mayo. El Corazón de Jesús es la Sede y el Trono de la Divina Misericordia, que se revela al mundo en el misterio de la pasión, muerte y resurrección de Cristo.
El Santo Padre Benedicto XVI hablando de la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús, hace dos años, dijo: "En el lenguaje bíblico el "corazón" indica el centro de la persona, la sede de sus sentimientos y de sus intenciones. En el corazón del Redentor adoramos el amor de Dios a la humanidad, su voluntad de salvación universal, su infinita misericordia. Por tanto, rendir culto al Sagrado Corazón de Cristo significa adorar aquel Corazón que, después de habernos amado hasta el fin, fue traspasado por una lanza y, desde lo alto de la cruz, derramó sangre y agua, fuente inagotable de vida nueva" (Benedicto XVI, Ángelus 5 de junio de 2005).
La invitación que nos viene de esta gran fiesta es ante todo una invitación a la adoración eucarística, porque precisamente en la hostia Santa está realmente presente el Señor Jesús que nos ofrece a cada uno de nosotros Su Corazón, es decir Su Amor misericordioso. Ponerse ante la Presencia del Señor Eucarístico, adorarlo, es la más alta expresión de la devoción al Sagrado Corazón de Jesús que, como sabemos, se ha difundido por todo el mundo gracias a las revelaciones de Jesús a santa Margarita M. de Alacoque en el siglo XVII: "¡He aquí este Corazón que tanto ha amado a los hombres!"
Como prolongación y cumplimiento de ese mensaje, el Señor se mostró a otra religiosa, en el siglo XX, revelando los abismos de Su insondable misericordia; santa Faustina Kowalska, quien en su Diario, ya famoso en todo el mundo, escribió estas palabras de Jesús: “He abierto Mi Corazón como una fuente viva de Misericordia, que todas las almas saquen de El la vida, se acerquen con gran confianza a este mar de la Misericordia. Los pecadores conseguirán la justificación y los justos serán reforzados en el bien. Al quien ponga su confianza en Mi Misericordia, colmaré en la hora de la muerte su alma con Mi paz divina. Mi hija, no dejes de difundir Mi Misericordia, con eso procurarás alivio a Mi Corazón, que arde en el fuego de la compasión por los pecadores. Di a mis sacerdotes que los pecadores endurecidos se enternecerán con sus palabras, cuando ellos hablen de Mi ilimitada Misericordia y de la compasión que tengo hacia ellos en Mi Corazón. A los sacerdotes que proclamen y exalten Mi Misericordia, les daré una fuerza maravillosa, unción a sus palabras y conmoveré los corazones de aquellos a quienes hablen (V Cuaderno, 21 de enero de 1938).
¡El más profundo anhelo del Corazón de Cristo es que descubramos cuánto nos ama, hasta que punto llega Su ternura por las criaturas que, frías por el egoísmo, con frecuencia se encierran en si mismas, como asustadas de dejarse amar incondicionalmente por su Creador, que nada pide y dona todo!
¡Cuánta necesidad tiene el mundo actual, la sociedad, la cultura, la economía, la política… de este Corazón! Es verdad, cuanto más se aleja el hombre del Dios-amor más se reduce a un ser "sin corazón", que se agita por mil cosas porque ha perdido la principal: dejarse amar por Cristo para responder a este Amor con el propio amor.
En varias ocasiones los Sumos Pontífices en el curso de la historia han recordado a la humanidad que ¡sin el Señor Jesús la vida no encuentra su pleno sentido y el hombre va errabundo en busca de si mismo! El Siervo de Dios Juan Pablo II ha introducido la Iglesia en el Tercer Milenio entregándonos un mandato, el de ser "Apóstoles de la divina misericordia". El Santo Padre Benedicto XVI ha recogido al testigo de su Predecesor y no se cansa de recordar a todos la necesidad de encontrar este Corazón misericordioso, este infinito Amor de Dios, que se revela en nuestra vida si nosotros nos abrimos a El. "Abrid de par en par las puertas a Cristo" sigue repitiéndonos la voz del Espíritu Santo. Cultivando la adoración eucarística nosotros nos abrimos desde dentro, a Su obra en nosotros. La Santa Eucaristía celebrada y adorada, como nos enseña la Iglesia, es el principal y más eficaz tesoro de nuestra salvación, un tesoro infinito que debe ser custodiado con máximo respeto y con la más profunda devoción.
Junto al Corazón del Hijo está el Corazón de la Madre, que la Iglesia celebra precisamente el día después de la solemnidad del S. Corazón de Jesús. Dejamos que sea una vez más el Santo Padre quien nos ilumine sobre este misterio: "El corazón que más se asemeja al de Cristo es, sin duda alguna, el corazón de María, su Madre inmaculada, y precisamente por eso la liturgia los propone juntos a nuestra veneración. Respondiendo a la invitación dirigida por la Virgen en Fátima, encomendemos a su Corazón inmaculado, que ayer contemplamos en particular, el mundo entero, para que experimente el amor misericordioso de Dios y conozca la verdadera paz”. (Benedicto XVI, Ángelus del 5 de junio de 2005). (Agencia Fides 13/6/2007, Líneas: 62 Palabras: 912)


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