VATICANO - AVE MARIA por don Luciano Alimandi - “¿Por qué buscáis entre los muertos a Aquel que vive?”

miércoles, 11 abril 2007

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - “¿Por qué buscáis entre los muertos a Aquel que vive?” (Lc 24,5). Pregunta que atraviesa también nuestra época y cuestiona a quien busca al Señor Jesús como si se tratase de un personaje de la historia pasada, quizás incluso famoso, pero que ha pasado igual por esta tierra y ha muerto como todos los mortales. ¡No se puede encontrar al Viviente entre los fallecidos! Él no se deja encuadrar por nuestras categorías humanas, no permanece, como quisiéramos, en nuestros archivos históricos, asociado a tantos otros personajes, es de un tejido completamente distinto al de tantas personas excelentes, las trasciende todas, porque es el Resucitado. Él, como lo ha proclamado en la tierra, en su largo peregrinaje, es la Resurrección y la Vida, por lo tanto quien cree en Él tiene la vida eterna (cfr. Jn 11, 25-26). Todo cristiano, porque tiene consciencia de ser como un náufrago azotado por las olas en medio de una tormenta, se confía al Resucitado y experimenta, así, una misteriosa transformación, como la levadura que hace fermentar toda la pasta, es decir toda su existencia.
Descubrirlo a Él, su naturaleza, es ponerse ante una persona fascinante, tan fascinante que uno se siente incendiar el corazón por Él, sin poderlo olvidar más, siendo absorbido por Él. El Santo Padre Benedicto XVI habló de esta maravillosa transformación, con acentos conmovedores, en la homilía para la Misa Crismal del pasado Jueves Santo, particularmente dedicada a los sacerdotes, pero que vale también para todos los bautizados: “Dios ha realizado — como dicen los Padres — el sacrum commercium, el intercambio sagrado: asumió aquello que era nuestro, para que nosotros pudiésemos recibir lo que era suyo, hacernos semejantes a Dios. San Pablo, para lo que sucede en el Bautismo, usa explícitamente la imagen del vestido: ‘Los que habéis sido bautizados en Cristo, habéis sido revestidos de Cristo’ (Gal 3, 27). Esto es lo que se realiza en el Bautismo: nosotros nos revestimos de Cristo, Él nos dona sus vestidos y estos no son una cosa externa. Significa que entramos en una comunión existencial con Él, que su ser y el nuestro confluyen, se compenetran mutuamente” (Benedicto XVI, 5 de abril de 2007).
No nos asombraremos nunca demasiado por esta Obra de salvación querida por el Padre, que no solamente nos rescata del pecado, sino que nos santifica hasta el punto de conducirnos a alturas increíbles, las de la propia divinización. Quien ha experimentado su encanto, no puede olvidarlo nunca más. En el Oficio de Lectura del Sábado Santo se leen estas palabras estupendas, puestas en la boca del Resucitado que visita a Adán en los infiernos para llevarlo consigo al Reino de la Luz: “Levántate, vayámonos de aquí. El enemigo te hizo salir del paraíso; yo, en cambio, te coloco no ya en el paraíso, sino en el trono celestial. Te prohibí comer del simbólico árbol de la vida; mas he aquí que yo, que soy la vida, estoy unido a ti. Puse a los ángeles a tu servicio, para que te guardaran; ahora hago que te adoren en calidad de Dios, aunque no eres Dios” (cfr. De una antigua homilía sobre el Sábado Santo).
Sólo una creatura inmaculada, querida así por el Padre, y que permaneció tal por su fidelidad, podía adherirse toda ella a este indecible proyecto de redención: ¡la Virgen de la Cruz! A Ella el Hijo muriendo le entregó a la Iglesia. El Verbo de Dios, proclamándola Madre, la donó a los redimidos, representados todos por Juan que estaba a su lado al pie de la Cruz, y a todos los hombres hijos de su Hijo.
“Madre de la Iglesia” es el título que revela al mundo su universal maternidad espiritual, Ella que ha creído, sin ver, ha amado como su Hijo, se ha ofrecido completamente al Padre en sacrificio espiritual, compartiendo con el Hijo un martirio interior, que la hizo realmente Madre de la divina Gracia. No fue al sepulcro con las demás mujeres, el primer día después del sábado, no llevó los aromas para ungir el Cuerpo de Cristo, porque Ella sabía en la fe que aquel Cuerpo estaba vivo, como su Hijo había prometido.
Sólo acogiendo a María, como Juan que “vio y creyó”, nosotros alcanzaremos las inefables alturas de nuestra Redención, porque a su Corazón hemos sido confiados en un “Totus tuus” universal, que como una ola de gracia parte del Gólgota y atraviesa la historia de nuestra salvación. El camino de un cristiano, para llegar a la fe segura, al amor indefectible, no puede dejar de lado a la Madre de Jesús, que desde el Viernes Santo, al pie de la Cruz, nos toma de la mano y nos acompaña a la alborada del Domingo de Resurrección. Pasando ante la tumba vacía, donde quedó solo la Sábana, testigo tan silencioso cuanto elocuente de la Resurrección de Cristo. La Virgen, como los Ángeles, nos repite dulcemente a lo largo de nuestra vida, durante nuestras “semanas santas” que “no busquemos nunca entre los muertos a Aquél que está vivo”, está vivo y presente en la Iglesia. (Agencia Fides 11/4/2007; righe 58, parole 870)


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