VATICANO - AVE MARIA de don Luciano Alimandi - "Itinerario hacia la oración del corazón"

miércoles, 14 marzo 2007

Ciudad del Vaticano (Agencia Fides) - "Y entrando en sí mismo, dijo: "¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros." Y, levantándose, partió hacia su padre. «Estando él todavía lejos, le vió su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente" (Lc 15, 17-20). A todos serán evidentes que estos versículos se refieren a la parábola del hijo pródigo, o mejor conocida como la parábola del padre misericordioso; la leeremos el próximo domingo, cuarto de Cuaresma. Una vez más, pues, en toda la Iglesia católica, resonará vivo la llamada del Señor a la conversión del corazón, mediante el retorno a su divina misericordia.
El Siervo de Dios Juan Pablo II, en la encíclica "Dives in misericordia", afirmaba: "La conversión a Dios consiste siempre en descubrir su misericordia, es decir, ese amor que es paciente y benigno. El auténtico conocimiento de Dios, Dios de la misericordia y del amor benigno, es una constante e inagotable fuente de conversión, no solamente como momentáneo acto interior, sino también como disposición estable, como estado de ánimo." (DM n. 13). El itinerario de la conversión del corazón está, por lo tanto, hecho de conocimiento y oración: se conoce y se permanece en el amor misericordioso de Dios por nosotros, por medio de una "estable disposición", un "estado de ánimo", que es precisamente la oración, o mejor, la vida de oración. Como el hijo pródigo también el hombre de nuestro tiempo debe "entrar en sí mismo; sólo entonces hallará al Padre y redescubriendo la misericordia podrá levantarse de su pecado para ir hacia Él.
Una de las principales dificultades, en nuestra oración, es precisamente la de alcanzar una "estable disposición del corazón". Día tras día la debemos conquistar, donándole a Dios suficientes espacios de oración prolongada para poder "entrar en nosotros mismos”. Nuestra oración, para ser auténtica, debe convertirse en "oración del corazón"; no debe quedarse en una "oración superficial" que roza, pero no penetra nuestro íntimo. Estamos a menudo, tentados de quedarnos en la superficie de nosotros mismos, poniéndonos entre las cosas del mundo y las de Dios: no se dejan las primeras y tampoco se gusta de las segundas. Uno permanece en una especie de "zona gris", dónde no nos alcanzan los rayos de amor de nuestro Padre celeste.
La Virgen está en nuestro camino, para llamarnos de nuevo a una oración más profunda, a la oración de su Hijo, la oración de corazón; sólo si llegamos a nosotros mismos, le alcanzaremos a Él. De poco sirven nuestras palabras, si éstas no revelan a Dios nuestro corazón. Un amigo es tal, sólo cuando nos abre el corazón y nos revela su intimidad. Célebre es la frase de San Agustín que buscaba a Dios desesperadamente, pero se quedaba flotando entre las criaturas y el Creador: "¡sero te amavi, pulchritudo tam antiqua et tam nova… Tarde te amé, Belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Sí, porque tú estabas dentro de mi y yo estaba fuera. Allí te buscaba; deforme, me lanzaba sobre las bellas formas de tus criaturas" (Confes 10, 27, 38). Si está presente el esfuerzo de la interioridad, no faltará ciertamente en nuestras vidas como cristianos el resultado de una fecundidad espiritual. La oración del corazón lleva a la verdadera dependencia del Señor, sustrayéndonos de otras dependencias que pueden tener nombres diferentes y que hacen la vida terriblemente estéril.
Jesús en el desierto nos da testimonio claramente de que al diablo no se lo combate con palabras, con argumentos, sino con una vida interior rica de amistad con Dios. Estamos habitados por Él y Él merece toda el espacio de nuestra libertad interior, para generar actos libres de adhesión a su divina Voluntad. La oración del corazón es esencialmente una oración de amistad con Dios (la oración preferida por S. Teresa de Ávila) que parte de lo más íntimo de nosotros mismos; aquí se produce el encuentro con Cristo y se genera el acto de amor puro: ¡Señor tú sabes todo, tú sabes que te amo! Cuando Pedro entró en sí mismo, arrepentido de su pecado - como harán Pablo, Agustín e innumerables otros hermanos y hermanas en la fe - no le estaba esperando un Dios Juez intransigente sino un Dios Padre de infinita misericordia que lo vio "de lejos, conmovido corrió a su encuentro, se tiró a su cuello y lo besó". Si Pedro hubiera conocido realmente el Señor Jesús, no le habría dicho "aléjate de mí que soy un pecador", sino más bien "acércate a mí porque soy un pecador."
La Virgen Maria, que conoce mejor que nadie la misericordia de Dios, quiere que experimentemos esta ternura de Dios: ¡el Dios rico en misericordia! Hagamos entonces nuestras las palabras del Santo Padre Benedicto XVI, que nos invita a menudo a una vida de amistad con Dios, a una auténtica vida de oración: "Queridos hermanos y hermanas, la oración no es algo accesorio, algo opcional; es cuestión de vida o muerte. En efecto, sólo quien ora, es decir, quien se pone en manos de Dios con amor filial, puede entrar en la vida eterna, que es Dios mismo. Durante este tiempo de Cuaresma pidamos a María, Madre del Verbo encarnado y Maestra de vida espiritual, que nos enseñe a orar como hacía su Hijo, para que nuestra existencia sea transformada por la luz de su presencia" (Benedetto XVI, Ángelus del 4 de marzo de 2007). (Agencia Fides 14/3/2007, Líneas: 62 Palabras: 956)


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